Una nueva forma de hacer economía se impone. No es cuestión de filantropía sino de reputación y de una buena cuenta de resultados.

Hace varios años se puso de moda entre las empresas el término responsabilidad social corporativa (RSC) como una herramienta para reducir el impacto negativo que las empresas (y muy especialmente las multinacionales) han tenido en las últimas décadas sobre los derechos laborales y sociales de los trabajadores y sobre el medio ambiente. La Responsabilidad Social corporativa tiene un componente ético y estético que va más allá del escrupuloso cumplimiento de la ley.

Se trata, por tanto, de un concepto transversal que implica de lleno a la Alta Dirección ya que está relacionado con diferentes aspectos de la gestión empresarial y tiene un carácter pluridimensional con unas características muy específicas, entre las que destacan su vocación de permanencia en el tiempo y la vinculación a sus actividades básicas.

Se trata también de asumir coherencia entre la identidad y la imagen, de cumplir nuestros contratos y compromisos, de aceptar la calidad e innovación de nuestros productos como paradigma a perseguir y de estudiar el impacto que nuestras prácticas de trabajo tienen en el entorno.

Los inversores institucionales valoran y apuestan por aquellas compañías que incorporan un “Código de Buen Gobierno” que combinen el éxito económico con el desarrollo sostenible.

Existen cinco principios fundamentales en los que se debe basar la RSC:

  • Las empresas deben cumplir escrupulosamente la legislación vigente, tanto las normas nacionales como internacionales. Entre ellas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y las de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
  • Debe aplicarse a todas las áreas de negocio de la empresa, afectando a toda la cadena de la actividad, y en todos los países en los que se desarrolle.
  • Debe contar con una serie de compromisos éticos que se convierten en obligacióny que afectan a las estrategias de negocio, lo que va mucho más allá de lo que sería la gestión de la reputación.
  • Toda actividad produce una serie de impactos, por lo que estos se deben identificar y atenuar lo máximo posible, ya sea en el ámbito medioambiental, económico o social.
  • Se trata, en definitiva, que la actividad de la empresa no genere valor sólo para sus accionistas sino para la sociedad en general.

Cada empresa, independientemente de su tamaño, puede asumir su RSC. Se trata, al final, de revertir a la sociedad, un reconocimiento a los beneficios que nos ha permitido obtener. Si quieres saber cómo podrías actuar para implementar políticas de responsabilidad social corporativa en tu proyecto empresarial, contacta con nosotros.

 

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